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Friday, December 02, 2005
Sirenas

las sirenas cantan contra el mar y el horizonte

-luego viene la tos

las lágrimas

y la conciencia de esa mano tan grande y pesada que es el tiempo

doblándoles la espalda-

 

hombres, hermana, hombres

 

las voces vienen del mar

discuten

maldicen

el vino les alborota la lengua

 

esos no son hombres, son bestias

 

es que hace tanto y tanto

 

y una se lanza al agua

los arpones brillan antes de hender el agua


Posted at 09:14 pm by Oleg
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Sunday, May 29, 2005
La puerta

Me concentro y la puerta no se abre. No pregunto. Me concentro de nuevo: veo la puerta, imagino una mano que gira la perilla y luego estira, pero la puerta sigue incólume, nada pasa que no sea la inquietud de no poder, de internarlo una otra vez para nada. Creo que no tengo fé, que sé de antemano que no puedo abrirla y la puerta obedece a ese oscuro designio antes del intento. Entonces me pregunto porqué concentrarme en la puerta y no las ataduras, porque no intentar liberarme primero y luego ir a la puerta y abrirla por mí mismo.

Es porque eres estúpido -dice mi hermana y la veo avanzar hacia mí con el paso cansino de sus miles de años entre antidepresivos- asi nomás, estúpido; y además crédulo. Me río, siempre me río ante la brutalidad de sus afirmaciones. Pero ella no sonríe, le daría tristeza, pero las pastillas: entonces nadamás se queda en blanco, con los párpados entrecerrados. Desátame- le pido. Ves? Eres estúpido, yo estoy muerta, qué muerta podría desatar tus ataduras?

Entonces me río de nuevo porqué apenas la entiendo, ya no sé si pretendía una metáfora o si es cierto. Ambigüa, le digo, y además, loca. Y me río otra vez, satisfecho de haberle devuelto el golpe, aunque no lo sienta.

Van de la mano- dice, y suspira de cara a la pared, como si allí hubiera una ventana y afuera anduviera la vida que no tiene.

Qué va de la mano.

Estúpido, y además, sin memoria a corto plazo.

Me enoja, quier ignorarla pero el vestido hace un sonido leve cuando camina y no puedo dejar de ponerle atención: uno puede cerrar los ojos pero no dejar de oir. Camina por el cuarto, finge que toma un vaso en la mano y en la otra, una jarra, finge que vierte algo en el vaso y luego lo bebe. Me mira: te doy agua si me lo pides por favor.

Miro la puerta.

No se va a abrir.

Tú podrías.

No puedo.

Pero no le creo y se me nota en los ojos: es el odio, me enerva, yo no finjo tomar vasos de aire con las manos ni beber el aire, tampoco prentendo que estoy muerto para librarme de responsabilidades, porque Mari le saca la vuelta al hecho de que camina y me enerva y aunque puedo dejar de verla, no puedo dejar de oírla: suspira, camina, carraspea, truena los dedos de pronto como si hubiera recordado que tenía algo importantísimo qué hacer pero lo olvidó y ahora nada puede hacerse, o golpea una contra otro sus tacones como Dorothy en aquella película, o se pone a cantar enloquecida cuando la pastilla empieza a ceder y cree que esta vez sí podrá controlarse.

Lárgate entonces, le digo, lárgate, no me sirves para nada.

Tú tampoco sirves para nada, para nadie - y lo vuelve tonada, coro de una canción: tú, tampoco, sirves nada, para nadie, tú, tampoco...

Entonces cierro los ojos, las ataduras, piensa rápido, aléjate de la canción, me ordeno, piensa en las ataduras, pártelas, rómpelas: cierro los ojos con fuerza, imagino que el cuerro se rasga, que pasan muchos años y el cuero envejece y se fisura, se fractura, imagino un esfuerzo mínimo apenas para romper una hoja, y el cuero cede. Pero estoy todavía atado. La puerta, las ataduras, mi hermana que se mueve ahora como los árboles que danzan en las tardes de mi infancia, antes de este cuarto, antes de las pastillas de mi hermana, antes, sólo antes, como un espacio grande y amable, lleno de una claridad que me acompañaba de cuarto en cuarto, todos vacíos, con enormes ventanas a un jardín y un laberinto de setos.

Qué pasó- le pregunto.

Se calla, me mira con fastidio: De qué.

Qué pasó antes de que estuviéramos aquí?

Mi hermana baja la cabeza lentamente y se mira los zapatos, cierra los ojos y golpea los talones uno contra el otro: una, dos, tres veces, y abre los ojos: nunca funciona, me dice, no hay casa a la qué volver, y corre hacia la esquina detrás de mi silla. No puedo verla pero la oigo sollozar.

Yo no recuerdo ninguna casa, sólo los cuartos, el jardín, el laberinto de setos, y el silencio ominoso conforme avanzaba. Eso no es una casa, una casa es un lugar con gente, la imagen de una fachada y gente que sale a recibirte o se despide agitando la mano conforme te alejas. Son miradas y charla, no la pura imagen sostenida en el silencio.

Hay que irnos, le digo.

No hay casa a donde regresar- la oigo muy cerca, está detrás de mí: la oigo respirar-.

Estúpido.

Camina alrededor de mí mientras toca levemente los bordes de la silla.

Díscolo.

Los acaricia apenas, un roce de los dedos, constata que la silla existe, pero no me toca a mí.

Imbécil.

Y se para frente a mí. Acerca la cara inexpresiva muy cerca, me veo a mí mismo mirándome en sus ojos negros y en el fondo de mis ojos veo la puerta, la que quiero abrir: entonces me concentro, ver mi mano que avanza y toma la perilla, la hace girar, estira la puerta y la puerta cede y se abre lentamente: salgo.

Estoy de pie, por fin afuera. Frente el laberinto de setos aguarda. Voy hacia él, ya sin hermana, sin casa, ni pasado.


Posted at 02:16 am by Oleg
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Saturday, May 14, 2005
Sábado

Será que el sábado es la tierra de nadie del ocio, donde uno puede por fin recuperar la vida del trabajo sacarse el grillete, verlo de cerca y pensar de nuevo: por qué, si es que tenía que ser así o de otro modo que la oportunidad o la cobardía -oh amiga!- anduvieran escondiendo bajo el brazo, o tras la pistola.

El caso es que es sábado y de aquí hasta mañana como a las diez, la vida de entre semana cierra sus pasillos de media luz y permite entrever la necesidad de una ruptura, de un golpe a la tranquilidad que de lunes a martes anda disfrazada de rutina, pendientes y estrés.  Y la ruptura es tal cual no hacer nada, no andar de preocúpames, dejarse estar frente a la televisión o la computadora, el tiempo que felizmente se desperdicia, o por otro lado, ganarle a la semana que termina con salidas aqui o allá para ver a los amigos, reírse, sincerarse y luego ponerse a jugar bajo el brazo que desinhibe: el recurrente abrazo del alcohol y la noche.

Se da a ver en sábado la ligereza, la transparencia de la vida tal cual, sin compromisos artificiales.

Reconforta, sin duda, reconforta.


Posted at 08:24 pm by Oleg
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